Muchas veces, cuando vemos a toda esa rehala (y ralea) de personajillos que aparecen en algunos canales de televisión nos quedamos preguntándonos que méritos tienen para estar ahí…
¿Por qué nos interesan tanto las vidas y milagros, estúpidos por otra parte, de personajes como Belén Esteban? ¿qué más nos dan las vidas de un grupo de jóvenes encerrados durante unos meses en una casa?
Una supone que cada quien tiene derecho a divertirse con lo que le de la gana, incluso a costa de otros, si esos otros se prestan voluntariamente a ello y con ese “oficio” además ganan un buen dinero. Así todos contentos Belén Esteban se lo lleva calentito como dice ella misma, o los de Gran Hermano, o los de Supervivientes y nosotras, cuando llegamos a casa después de una dura jornada laboral podemos desconectar de todo gracias a sus estupideces. Vemos como se desenvuelven ante las cámaras unos personajes que no están preparados para ello, o sea, pura espontaneidad, nos reímos de sus idioteces, nos emocionamos con sus desgracias, amoríos y desamores, y encima nos sirve para echar alguna que otra parrafada que otra en el trabajo o en el bar al día siguiente a la hora de tomarnos una caña o un café. El negocio para las cadenas es redondo, ya que no es lo mismo tener que pagar a artistas consagrados que cobran un dineral que a desconocidos o famosillos de medio pelo, nosotros estamos entretenidos y consumimos publicidad que da gloria. No, que nadie diga “eso serás tu, que yo no veo esos programas” Vale, tu no los ves, ni el otro ni el de la moto, pero… son de máxima audiencia, los shares están ahí y los conocemos casi a diario.
Es la democratización de los bufones, pura justicia social. Hace muchos años solo los poderosos podían permitirse la figura del bufón, un tipo ridículo cuya misión era la de entretener al rey de turno (o al poderoso, que no solo los reyes tenían bufones), ora con chascarrillos, gestos idiotas, payasadas varias, y contándole, si se terciaba, historias del populacho o de los que rondaban a ilustrísimo de turno.

- Majestad, sabe usted que la condesa Tal le pone los cuernos a su ilustrísimo señor esposo con el marques de Equis
- ¡Qué zorra la cabrona! -respondería el monarca entre risas-
-Pues no se lo pierda Mi Rey, que también cuentan que esa ilustre dama tiene un lío con la sobrina de…
- ¡Calla! ¡Calla! después me sigues contando, que por ahí viene mi confesor -finiquitaría, todo cachondo ya, el monarca-
Hoy eso, democrática y plebeyamente, nos lo metieron en nuestras casas, todos disfrutamos de lo que antes solo gozaba el gran lider de turno, todos podemos pensar acerca de la vida de gentes como nosotros (porque muchas veces no son más) con la ilusión, eso si, de que tienen alguna importancia, y gentes como nosotros se ofrecen para ser payasos para todos. La TV, un concurso, por ejemplo, los hace “importantes” y a partir de ahí viene todo. Nadie nos contará si la infanta tal o cual le pone los cuernos a su marido, pero somos felices igual viendo que una chica que sale en TV (como la infanta o como Penélope Cruz) llora porque su novio se fue con otra. Ningún problema. Incluso como a los antiguos bufones podemos criticarlos (como estoy yo haciendo ahora) sin que la autoridad nos diga nada.
-Majestad, permítame que le diga que su bufón es imbécil
Y el rey de turno se reiría a mandíbula batiente, el bufón daría como un traspiés y se caería dando estúpidas volteretas y todos los presentes se partirían la caja de risa. Pues lo mismo, solo que el bufón, en este caso, se llama Tatiana y está buena.
Pero yo creo que hasta aquellos bufones tenían una dignidad, no contarían lo que no les convenía, no hablarían ante el público de cosas que posiblemente no interesasen a otros sobre su vida privada, vamos, es que no es lo mismo contarle al monarca que fulanita le pone los cuernos a fulanito que llegar a la mañana a trabajar y ponerse a llorar, ante el rey, contándole compugnido, que su mujer lo había abandonado por otro.
Nuestros bufones de ahora, todos esos surgidos como la espuma de la nada, que son famosos porque salen en televisión y eso no es lo mismo que salir en televisión porque eres famoso, carecen de esa mínima dignidad, les da igual ocho que ochenta, cualquier cosa les sirve, aunque sea enfangándose ellos mismos, para sacarse un dinerillo, no faltó quien llamó a los periodistas adecuados para que estuviesen al quite porque iba a cometer un robo, así que a partir de ahí cualquier cosa puede pasar.
Viene todo esto al caso porque de todo ese famoseo, a algunos los tenía yo por vividores si, pero medianamente dignos, vamos que vivían en parte gracias a su trabajo y en parte gracias al chismorreo o al dar que decir, es el caso de Hugh Hefner, el fundador de la prestigiosa y afamada revista PlayBoy conocido por arrejuntarse constantemente con jovencitas, preferentemente rubias, muy guapas pero con cara de no saber ni por donde queda el suelo que están pisando, interesadas, a su vez, en ser bufoncillas de todos en un futuro no muy lejano, bellas y llamativas, pero bufoncillas, payasas al fin y al cabo.

Y me sorprende el señor Hugh en el último número de su revista con un reportaje. Supongo que muchos sabreis que su, ojalá penúltima novia pasó de él pocos días antes de que fuese a celebrarse la que, también que ojalá sea, la penúltima boda de tan celebérrimo señor. Pues bien, en la última revista, los periodistas pagados por él, se dedican a contar con pelos y señales porque Crystal Harrys abandonó a Hugh, en un artículo titulado “Novia a la fuga”.
Dentro… pues lo de siempre, literatura barata explicando una retahila de motivos que se resumen en uno que ellos no cuentan: Crystal se lo pensó un poco y se dijo así misma que pasaba mucho de soportar los baboseos de un abuelo, y es que casarse por dinero con un abuelo como Mr. Heffner no debe de ser imposible, lo difícil es soportar la idea de que te tienes que acostar con él y aún peor… es más que probable que él quiera tener sexo contigo ¿cuantas seríamos capaces de algo así para alcanzar el grado de hazmereir de los televidentes?

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